Vocaciones La alegría de ser llamados a la vocación Sus expresiones dan cuenta que son inmensamente felices. Ellos han encontrado su vocación. Mucha vida pastoral, servicio social, acompañamiento, estudio, amistad y desarrollo personal en plenitud. Por Por Giselle Vargas
¿Te haz sentido alguna vez llamado por algo o alguien?, ¿Haz buscado algo sin saber qué precisamente?, Sientes que a pesar de todo lo que tienes ¿Algo que te falta? Quizás más de algún lector ha respondido que sí, al menos, alguna pregunta le ha inquietado. La respuesta a estas interrogantes no es fácil. Requiere de tiempo, reflexión y compañía.
Casi toda la publicidad y el mundo actual ofrecen soluciones a las inquietudes o necesidades de las personas , generalmente a través del dinero, el consumismo y los bienes materiales. Pocos mensajes están dirigidos al plano espiritual. Menos aún a la labor del sacerdocio o la vida religiosa como camino.
Lo anterior, sumado a la inquietud de la Iglesia por la baja de vocaciones sacerdotales para atender a una creciente población metropolitana cercana a los seis millones, ha llevado al Cardenal Francisco Javier Errázuriz ha redactar una carta apostólica dirigida especialmente a los jóvenes llamada “Habla Señor que tu siervo escucha”.
En ella el pastor de la Iglesia Católica hace un llamado cariñoso y acogedor a “Los sacerdotes, los consagrados y a los laicos, a los papás y a las mamás, a los jóvenes y a los niños y, en general, a toda la familia diocesana, a reflexionar sobre la importancia de las vocaciones sacerdotales y la urgente necesidad de que todos asumamos vivamente un compromiso para que haya más obreros en la mies del Señor”(pág 4)
Precisamente, toda la sociedad está llamada a profundizar este tema. En conjunto, saber ‘acoger, acompañar e iluminar para que los jóvenes de hoy puedan discernir su camino en la vida laica o consagrada’, una experiencia vivida y compartida plenamente por el seminarista Ricardo Acosta y la hermana Pamela Gatica ambos, asesores de las pastorales universitarias.
Un encuentro fortuito
Hace algunos años Ricardo terminaba la carrera de Relaciones Públicas y era coordinador de la pastoral juvenil de su parroquia. Pamela ya era psicopedagoga y trabajaba activamente en labores de voluntariado en hospitales y hogares de ancianos. Ambos sentían un llamado, que los llevó a una búsqueda mayor pero, no sabían de qué.
Fue un día de colaboración activa a su parroquia de origen, hace seis años, cuando el Señor llamó a Ricardo. “Ibamos con mi polola a misa y vi al padre Andrés Moro. que etsaba fuera de la iglesia saludando a los que lleganban, yo lo conocía porque habíamos compartido en la jornada de jóvenes en Canadá. Cuando lo saludé me di cunta que el padre Andrés no me soltaba la mano. Me miró fijo, y sentí como si Dios estuviera presente, y me dice ¡frente a mi polola! - Ricardo ¿Nunca pensaste en ser cura?- Yo lo cuento con mucho cariño porque marcó mi vida con un antes y un después en el sentido de querer servir al Señor y no saber cómo. Mi respuesta fue Sí”, comenta Ricardo.
A través de su hermana que se preparaba para conirmación fue que Pamela descubrió el llamado de Dios.“Ella llegó con el dato de una religiosas y sabiendo de mis inquietudes.Me contó y me aconsejó que hablara con ellas. Yo dije: - ¿Una monja? ¡Qué puede hacer una monja! Yo necesito un sicólogo, sin embargo igual escuché y seguí esa intuición. Fui y me sentí muy acogida, me encantó”, cuenta Pamela.
Ambas experiencias, tienen el común denominador de la búsqueda. La misma que hace referencia al testimonio de los primeros discípulos y apóstoles llamados cada uno por su nombre.
El acompañamiento
Luego de que una palabra remece el corazón, el segundo paso es acompañarse para discernir a qué nos llama el Señor.
“Comencé un proceso de dos años de acompañamiento y discernimiento ¡No para la vida religiosa! Al contrario, quería saber qué era lo que buscaba y en el camino me di cuenta que algo me pedía Dios. Esto me dio paz. Con la religiosa que me acompañó hicimos pautas muy ordenadas y yo estaba muy ansiosa y me fueron pasando cosas, me inquietaba, me preguntaba. Pero, ella no me decía lo que tenía que hacer, sino que me iluminaba, era mi guía”, explica Pamela.
Confianza, libertad, perseverancia y mucha cercanía con el guía espiritual es lo que también experimentó Ricardo. “Yo pensaba que todo iba muy bien y el Señor no me mostraba otra cosa para mi. Pero me hice acompañar el padre Andrés, quien me ayudó a saber los tiempos del Señor. Yo quería terminar mi examen de grado y entrar al seminario. El padre me dijo que no, que diera mi examen, que trabajara, que disfrutara mi sueldo, experiencia que fue muy buena, sin duda. En ese tiempo mi hermana iba a tener un hijo, entonces yo empecé a preguntarme también por mi vida de laico. En el momento que me preguntan si quiero entrar al Seminario, yo dije que no. Pero los caminos de Dios no son de uno”, argumenta Ricardo.
Para el seminarista “un acompañamiento es una relación de confianza, cercana, de temas profundos, de convicciones. De aferrarse a la Eucaristía, donde se encuentra el sentido de vida. Ahí podemos poner nuestras intenciones y pedirle a Dios que ilumine el camino que quiere para nosotros. Motívense fuertemente a decir ‘Sí habla Señor que tu siervo escucha’”, manifiesta.
El proceso de cada uno duró al menos dos años. En él las reuniones, la oración y la Eucaristía nunca faltaron. La familia tampoco, es un núcleo preponderante para formar vocaciones e incentivarlas.
“Mis papás lo veían venir. A mi hermano mellizo le costó un poco asumir mi vocaciión pero después vio el ciento por uno. Los padres no pierden un hijo, al contrario. Cuando te ven felices, lo agradecen. Por eso creo que hay que ayudar a los jóvenes a que vivan esa experiencia y la familia es un pilar importante dentro de este proceso. Escuchar, aprender dejar que hagan un proceso de acompañamiento. Y nunca nos alejamos, porque a pesar de que he estado en diversos lugares, las relaciones son mucho más estrechas, más profundas, el amor va en aumento”, cuenta Pamela.
Ricardo también es agradecido de sus cercanos y muy contento comenta. “Soy un convencido de que mi familia ha formado, de una manera muy fuerte, algo de esto. Inculcaron siempre valores cristianos, frecuentando la Eucaristía, íbamos porque tiene un sentido. Una de las gracias mayores era poder degustar con ellos el evangelio”, afirma.
Un don de Dios
Como lo explica certeramente la carta pastoral. “Lo único importante de este ‘sí’ de corazón a su querer sorprendente, que en un primer momento puede despertar temor, pero que luego es capaz de llenarnos de paz y de superar todas nuestras expectativas y nuestros mejores planes” (pág. 81)
Ocurrió de igual forma con estos jóvenes consagrados. Seguros de este paso, Ricardo entró finalmente al Seminario Pontificio Mayor, hace cinco años, para ser sacerdote arquidiocesano. Pamela ingresó a la misma orden que la acogió en su búsqueda, el Instituto Catequista Dolores Sopeña.
“Descubrí mi vocación en esos momentos de oración con la lectio. Un día de contemplación me sentí profundamente amada por Dios. Reconocí un amor de corazón, no de mente. Sentí que me amó primero y yo experimenté ese amor único que me hizo descubrir que Dios me quería para una vida religiosa. Cuando te das cuenta, comprendes que es gracia, un don de Dios. El la da como quiere, cuando quiere y a quien quiere”, afirma la religiosa.
Para Ricardo la necesidad de ser sacerdote estuvo siempre latente. Pero un día se decidió. “Yo me quedé tranquilo y pensando que todo estaba bien. Y un día mi acompañante me invitó a unas ordenaciones. Allí supe de mi vocación. Volví diciendo ¡sí quiero! Y el Padre Andrés me dijo -No por ningún motivo. Nuevamente tuve un tiempo de discernimiento, acompañamiento y entré al seminario”, comenta Ricardo.
Tiempos adversos
Este paso lleno se significación para sus vidas los lleva a tener una profunda gratitud con Dios. Y más allá de estos designios también, se hacen partícipes del llamado que hace el Cardenal en su Carta, preocupándoles y advirtiendo con toda claridad la urgencia de que los jóvenes acepten el llamado y que la sociedad sea un facilitador de este proceso.
“El Cardenal, como buen pastor, hace partícipe a toda la comunidad de la inquietud en los jóvenes. Invita a asumir el don de la vocación como una responsabilidad de cada uno de nosotros, los laicos comprometidos, religiosas y sacerdotes; de saber estar y acompañar, de ver este don. Sin embargo, lo que más aterra es saber que hay jóvenes que tienen la vocación y no responden”, comenta el Ricardo.
El seminarista también se siente interpelado en la labor que como sacerdotes realizan. La Carta lo hace presente e interpela con fuertes preguntas. “¿Les falta más presencia nuestra junto a ellos, animando sus esperanzas, sobre todo si han carecido acompañamiento personal y espiritual? ¿No será nuestra vida un enigma que ni los jóvenes más cercanos logran descifrar?... Los que están más cerca de nosotros ¿Logran percibir en nuestras palabras y en nuestra dedicación a las personas la generosidad y la sabiduría de Jesucristo, el Buen Pastor?” (pág.93)
Recordando su experiencia Ricardo responde. “La búsqueda es un idioma y hay que hacérselo entender a la gente. No es solamente decir ‘Dios es maravilloso’ sino que hay que increparla. Realizar esos remezones que a los jóvenes les hace reaccionar. El cómo saber acompañar es una responsabilidad tremenda. Y en mi caso, Andrés supo guiarme”, reflexiona.
Una vida de servicio y el carisma de la congregación han enseñado a Pamela que también la proyección del cristiano en el mundo es relevante. “Es importante que seamos buenos testigos y luz en el mundo. Nuestra vida debe ser reflejo del Dios que llevamos dentro, que por su gracia nos hace vivir una vida plena y feliz, a través del estudio, la vida comunitaria, la vida familiar, las responsabilidades. Es importante orar mucho y pedir que nos haga mejores. Las vocaciones vendrán cuando Dios lo quiera pero, también hay que abonar el terreno, anunciando la Buena Noticia… Yo creo que el tiempo es de los laicos. Es el tiempo del espíritu que sopla donde quiere y como quiere”, argumenta Pamela.
Habla Señor
Sin dudarlo, sus expresiones dan cuenta que son inmensamente felices. Ricardo y Pamela han encontrado su vocación. El camino es un poco largo, pero no tedioso ni aburrido. Mucha vida de pastoral, de servicio social, de acompañamiento, discernimiento y estudio. De forjar lazos de amistad y desarrollarse plenamente como personas.
“Yo buscaba a Dios afuera en el servicio, en el activismo, en las personas. Todo el bien que hacía era para retribuir tanto bien recibido. Pero, también fui descubriendo que Dios me quería plenamente feliz. Fue porque realizó un proyecto de amor en mí y para cada uno Dios tiene ese plan, sea en esta vida o como laico. La confirmación de eso es que yo me siento plenamente feliz, plenamente mujer, plenamente realizada, en esta congregación, en esta forma de vida, sirviendo a Dios entre los más alejados, entre los que no le conocen, en el vigor de la vida, en la evangelización” concluye Pamela.
“A aquellos que sienten el llamado que se abran a la posibilidad de ser acompañados espiritualmente, eso no te cataloga de seminarista. Es descubrir junto con el acompañante lo que Dios quiere para ti y esto te permite realizarlo con tranquilidad. Yo vivo feliz de lo que Cristo quiere para mi y de eso me convenzo. Yo me enamoré de Cristo, de ese Cristo que está en las otras personas, y este camino sin duda, ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida”, concluye Ricardo.
La vida de un consagrado tiene muchas dimensiones. Y es claramente una urgencia en este tiempo. Todo parece ser favorable para que la Iglesia se una a orar, de manera que los jóvenes de hoy respondan con un ‘sí’ al Señor. Recibe, además, la especial bendición del Papa Benedicto XVI al nombrar este año como “sacerdotal”. Y de paso, es una Misión ineludible que los cristianos deben asumir propiciando los espacios de encuentro con el Señor.