
Falta poco para la medianoche y tras una larga jornada de estudio y trabajos grupales Carolina (19) recién llega a su casa. Al abrir la puerta echa un vistazo rápido al lugar y a paso ligero se dirige a su dormitorio. No logra su objetivo, pues a penas cruza el umbral siente el roce de un manotazo acompañado de un vozarrón que la increpa –¡De dónde vienes!- le grita su padre. Ella alcanza a cerrar la puerta y contesta con un tono decisivo -¡No me molestes vengo cansada y tengo que estudiar!- Como cada noche, los gritos traspasan los cuartos y tras unos minutos de portazos y denigrarse uno al otro se apagan las luces que sellan el día.
En tanto, en otro sector de Santiago, otra joven (24) da las buenas noches a cada uno de sus hermanos, se dispone a estudiar para el examen que tiene al día siguiente, mientras intercambia palabras con su padrastro. “Las cosas han cambiado. Y él sabe que me costará avanzar en este proceso. El es consciente de cómo ha sido y como es ahora y no quiere fallarnos una vez más. Estoy segura de que no se volverá a repetir”, asegura la joven mientras su mirada se pierde absorta en el ambiente.
En ambos casos descritos anteriormente, se ha desarrollado la llamada “violencia intrafamiliar” (VIF), una de las realidades cada vez más conocidas en nuestro país y la más silenciosa. Las protagonistas de estos relatos muestran distintas etapas de este fenómeno las que eventualmente podrían terminar con lamentables consecuencias.
Vivir con el enemigo
La vida de Carolina es un testimonio alarmante y silencioso de VIF. Ella vive con su padre y sólo cuatro hermanos pues, su hermana mayor se fue de la casa tras terminar sus estudios, aburrida de la vida familiar que se vivía. La madre todos ellos se suicidó hace cuatro años- según revela Carolina- producto de los constantes maltratos físicos y sicológicos que le daba el jefe de hogar.
El testimonio de la otra joven es muy similar al de Carolina. Ella es extranjera y también vivió la muerte de su madre tan sólo hace dos años. Desde pequeña ella con sus hermanos vio cómo su padrastro golpeaba y violentaba sexualmente a su madre, hecho que muchas veces quisieron evitar escapándose de la casa. Sin embargo, cuando la joven veía a su madre convencida de su decisión de irse aparecía su padrastro y las persuadía de volver.
Actualmente, esta joven estudiante Derecho, dice vivir una vida tranquila. No teme que nuevas agresiones sean la tónica diaria pues, -con un tono cariñoso- asegura que su “padre” ha cambiado y ha asumido completamente el rol de padre y madre para con ella y sus hermanos. Sin embargo, reconoce que ha dejado en ella una profunda huella de inseguridad, timidez y rechazo, que le costará sanar.
La sicóloga, Leonor Espinoza, comenta que son muchos los factores que llevan a las víctimas a soportar un mismo espacio con el agresor. La dependencia económica y afectiva, la aceptación de patrones culturales- abuelas y madres maltratadas- , miedo a sus agresores, vergüenza, el control e intimidación que ejerce el victimario, entre muchos otros son motivos para permanecer junto a quien ejerce violencia.
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Al término del 2007, se contabilizaron 62 casos de mujeres muertas en manos de sus parejas, amantes, esposos y ex parejas. A la fecha, ya se registran 22 muertes, sin contabilizar las denuncias que se han hecho.
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No respeta edad, ni género
En Chile existen mayores probabilidades de que una mujer sea golpeada en su casa por su pareja, que por un extraño en la calle. Siete de cada 10 han sido víctimas de violencia o la están viviendo diariamente.
Sólo el Registro Civil, lleva contabilizado desde 2001 hasta la fecha, más de 6 mil condenas por violencia intrafamiliar. A pesar de ello, también existe un 2% de hombres que son agredidos pero, que rara vez hacen la denuncia.
De todo este universo, los jóvenes también están siendo protagonistas. Golpes, cachetadas, insultos y humillaciones son parte del maltrato físico y/o psicológico que un 8.5% dice haber sufrido al interior de sus familias. La V Encuesta del Instituto Nacional de la Juventud (Injuv) determina que la cifra aumenta hacia el género femenino y a medida que disminuye el status socioeconómico familiar.
La sicóloga comenta que los jóvenes son el grupo etáreo más vulnerable. “Pues, están en una etapa en que la formación de su identidad y carácter están influenciados directamente por la relación con sus pares y pareja”, explica. A lo anterior, agrega que esas mismas relaciones, marcadas por la violencia, van aumentando con el correr de los años dada la formalización de los compromisos. Por ello, existe una fuerte tendencia al maltrato entre los 25 y 29 años.
Carolina aún no está en ese rango de edad y lleva pololeando seis años con Alex (22). Ambos, son conscientes de lo difícil que es vivir con esta problemática y están seguros que aunque la tendencia dice que “si eres maltratado, maltratarás” ellos- dicen estar fuera de las estadísticas. “Yo trato de rescatar lo bueno de las cosas y a pesar que vivo la violencia, nosotros no queremos repetir lo mismo. Igual me da rabia, porque en este momento no tengo cómo valerme por mi misma. Aun así, siempre he tenido el apoyo de mi pololo, el cien por ciento de él”, comenta Carolina.
El Injuv señala que la violencia psicológica al interior de las parejas jóvenes representa un 13,4%. Mientras que un 7,6% reporta violencia física. Los maltratos van desde los celos, empujones, cachetadas, pellizcos, hostilidad verbal, insultos, descalificaciones, burlas, ironías, críticas permanentes, acoso, hasta abuso sexual.
A pesar de que los jóvenes manifiestan y reconocen haber sido víctimas y victimarios de alguna actitud violenta, no está entre sus mayores preocupaciones ni es reconocida como tal. Este fenómeno ocupa sólo el sexto lugar (11.3%), según la V Encuesta, superado por alcohol y las drogas (44.5%), la falta de oportunidades, la delincuencia, el acceso a la educación superior y la confianza que los adultos muestran hacia ellos.
“Lo anterior sucede porque aún estamos inmersos en los estereotipos culturales. Vivimos dentro de una sociedad que fomenta la discriminación, la desigualdad de género y la marginación en todos lo aspectos: económicos, políticos, sociales y culturales”, enfatiza la sicóloga.
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La violencia es una violación contra los DDHH y un problema de salud pública:
Es el 2º delito con mayor costo nacional.
266 millones de dólares es el gasto que hizo el país durante el 2006 en atención a las víctimas.
Existe un total de 80 mil denuncias por VIF hasta el 2006.
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Ciego que no ve
Se ha abordado el tema desde todos los ángulos: víctima, victimario, contexto y los testigos silenciosos. Se ha expuesto a cabalidad este fenómeno y se ha enfatizado en las secuelas que deja en la mayoría de los casos, que aunque muchas veces no son visibles, tarde o temprano pasan la cuenta.
Como explica una de las jóvenes afectadas, “Mi mensaje es que no aguanten la falta de respeto y la violación a la dignidad propia. Porque uno piensa, “esto cambiará”, pero a futuro pasan tantas cosas que de nada sirve el arrepentimiento… uno se culpa, se cuestiona porque no hizo algo en el momento, y ya es demasiado tarde”, concluye.
Nadie se está quedando con los brazos cruzados. Instituciones como el Servicio Nacional de la Mujer, el Injuv, Carabineros de Chile y tantas otras entidades crean programas de prevención que involucran grandes campañas mediáticas. También están las iniciativas locales como el grupo de “Becados Emaús” que a través de jornadas formativas deciden tocar temáticas de interés juvenil como ésta.
Todas apuntan a sensibilizar y comprometer a la ciudadanía en conjunto, a promover las buenas relaciones en el pololeo y a hacerse cargo de un problema que ha ido en aumento y que ya nadie puede dejar de ver.