
La madrugada del sábado 27 de febrero fue muy oscura. Pese que faltaba sólo una noche para ser luna llena, el polvo de la tierra, las casas por el suelo, la marejada prepotente, la angustia y la muerte se erigían como una nube que no dejaba ni mirar ni respirar. Luego las réplicas latían como queriendo descorazonar las esperanzas de seguir viviendo. Así también lo sintieron alguna vez los discípulos de Jesús, que con aire inseguro lo acompañaban a Jerusalén. No en vano era el lugar que “mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados” (Lc 13,34). Cuando Jesús murió en la cruz, los que estaban junto a él vieron como se rasgaba el templo y la tierra se movía (Mt 27,54). Casi como una confirmación de ese ambiente de tristeza e inseguridad al subir juntos a Jerusalén.
Pero fue precisamente en ese camino que se hacía sombrío cuando se transfiguró frente a Pedro, Santiago y Juan. Ese relato del evangelio fue el que escuchamos, paradójicamente, el domingo 28 de febrero (segundo de cuaresma), el día siguiente al terremoto que nos ha tocado padecer. ¿Qué sentido puede tener este evangelio aparentemente tan descontextualizado, ajeno de lo que nos ha toca vivir?
Jesús quería adelantar a sus discípulos que la cruz no sería la última palabra. Su amor hasta la muerte no se puede frustrar, pues no es un amor que se pueda acabar. En la transfiguración el Señor desvela el fin de la humanidad: la luz del amor. Y si bien nos toca experimentar mucho de esa oscuridad en medio de nubes de polvo y gritos aterrados de muerte, la transfiguración es esperanza de victoria. Sin embargo, no vivimos solos de una esperanza más allá de la muerte. Sabemos que la luz transfigurada del amor ilumina hoy. Es hoy que la caridad nos urge (2 Cor 5,14), pues ella es la única que ilumina. Es por ello que se nos da la oportunidad de manifestar al Señor en el gesto concreto y solidario. La vida solidaria y de anuncio misionero no es sólo de vacaciones. Es precisamente hoy cuando el que necesita de esperanza y ayuda solidaria concreta, el que ha visto morir a los suyos, el que lo ha perdido todo, requiere ver luces del transfigurado: en el amor, y en la cercanía del joven universitario. No nos quedemos en el monte y bajemos.
Padre Tomás Sherz
Vicario de la Pastoral Universitaria de Santiago