El Arzobispo de Tegucigalpa, Oscar Rodríguez Madariaga definió la lectura meditada de la Sagrada Escritura como una guía y a la Biblia como una “brújula” que en un lugar privilegiado de nuestras vidas produce un verdadero encuentro con Jesucristo.
Para descubrir lo que Dios te dice hoy a través de su palabra existen pasos para practicar.
A continuación, te ofrecemos el evangelio dominical o
y la meditación realizada por asesores de pastorales universitarias.
Evangelio San Juan 15,9-17
Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos:
Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes.
Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como Yo cumplí los mandamientos de mi PAdre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.
Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que Yo les mando.
Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; Yo los llamo amigo, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
No son ustedes los que me eligieron a mí, sino Yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero.
Así, todo lo que pidan al Padre en mi nombre, Él se los ocncederá.
lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.
Meditación de Pablo Escobar, Dirigente Pastorales Universitarias
Cuando intento imaginarme a Jesús diciendo estas palabras en ese momento del Evangelio (“Como mi Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes…” “… Ámense los unos a los otros como yo los he amado…”), no puedo menos que sentirlo dentro mis intuiciones, como cercano y sencillo frente a los apóstoles. Tanto se nos ha olvidado o nos parece extraño lo afectuoso que pudo ser Jesús con sus discípulos, que quizás nos cuesta reconocer sin sorpresas o suspicacias que hasta uno de ellos podía reclinarse en su pecho con plena confianza (Jn 13, 23) y en un completo acto de gratuidad amorosa llegar a escuchar los latidos vivos del corazón de Jesús. Ésos que, paradójicamente, fueron capaces de silenciarse llegado su momento, en un acto de amor, para que otros corazones pudieran latir con más vitalidad.
Cuando me imagino a este Jesús, me pregunto en qué momento del camino, como Iglesia, hemos dejado que algunos de nuestros hermanos se vuelvan a sentir “siervos” en vez de amigos, como para no volver a reclinar sus cabezas sobre el pecho de nuestra Iglesia. Desde mi sencilla intuición tiendo a pensar que uno de los factores puede ser que quizás no nos hemos dejado “tocar” o “trastocar” lo suficiente por sus historias, penas, contradicciones, gozos o dudas. No nos hemos empapados de ellos lo suficiente ni hemos permitido que nuestras palabras sobre el amor palpiten por sí mismas al cargarlas de vivencia.
Jesús ante todo se dejó tocar, fue apretado entre las multitudes, zamarreado, afectado y por esto supo valorar mejor que ninguno que una mujer alejada, pero arrepentida, pudiera lavar con lágrimas sus pies. Quizás, por algo de esto, esos mismos brazos que una y otra vez se abrieron para estrechar a alguien con gran afecto, fueron capaces de abrirse en la cruz, convencidos de que “nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos”.